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REFLEXIONES
/ Violencia contra la Mujer (9)
(vea aquí otros
artículos)
LAS TORRES FANTASMAS
Rosalind
P. Petchesky *
Estos
son tiempos demandantes, tiempos difíciles de saber dónde
estamos de un día a otro. El atentado al World Trade Center
ha dejado en su secuela muchos tipos de daños, el menor de
los cuales es una profunda confusión ética y política
en las mentes de muchos norteamericanos que de alguna manera se
identifican como "progresistas", es decir, antirracistas,
feministas, demócratas (con d minúscula), contra la
guerra.
Al mismo tiempo
que tenemos la responsabilidad de estar de luto por aquellos que
fallecieron en la tragedia y sus seres queridos, y hacia nosotros
mismos, también es urgente que empecemos a reflexionar acerca
del mundo en que vivimos actualmente y qué nos demanda esto.
Y tenemos que hacerlo, aun sabiendo que nuestro entendimiento en
este momento solamente puede ser tentativo y que posiblemente dentro
de un año o quizá antes, será invalidado por
eventos que no podemos prever, o por informaciones que hoy son secretas.
Así que, arriesgándome a estar totalmente equivocada,
quiero intentar trazar un cuadro o una especie de mapa global de
la dinámica del poder como lo veo en este momento, incluyendo
sus dimensiones de género y raza. Quiero preguntar si no
existe alguna otra alternativa, más humana, y una solución
pacífica, además de las dos polaridades inaceptables
que nos han presentado: una maquinaria de guerra permanente (o seguridad
del Estado permanente) y un régimen de terror sagrado.
Sin maniqueísmos
Deseo dejar
bien claro que cuando formulo la pregunta si actualmente estamos
enfrentando una confrontación entre el capitalismo global
y el tipo de fascismo del fundamentalismo islámico, no quiero
dar a entender que son equivalentes. De hecho, si los atentados
del 11 de septiembre son obra de la red Al-Qaeda de Bin Laden o
de algo relacionado o aun más grande, y por el momento pienso
que podemos suponer que esto sea una posibilidad real, entonces
la mayoría de nosotros aquí en este salón estamos
estructuralmente posicionados de una manera tal que no tenemos
mucha alternativa sobre nuestra identidad. (Para aquellos que son
norteamericanos-islámicos o norteamericanos-árabes
entre nosotros, que se oponen al terrorismo y al mismo tiempo están
aterrorizados de caminar en las calles, me imagino que el dilema
moral debe ser mucho más angustioso). Como norteamericana,
mujer, feminista y judía, tengo que reconocer que los Bin
Laden del mundo me odian y me quieren muerta; o, si tuvieran poder
sobre mí, harían de mi vida un verdadero infierno.
Tengo que desear que estos "perpetradores", "terroristas",
lo que sea que fueran, sean arrestados y anulados, para que yo pueda
vivir con algún tipo de tranquilidad. Esto es muy diferente
de vivir en el corazón del capitalismo global, que es como
convivir con una familia muy disfuncional que nos llena de vergüenza
e ira por su arrogancia, codicia e insensibilidad, pero que no obstante
es nuestra casa y que nos da inmensos privilegios y enormes responsabilidades.
Tampoco me rindo
a la tentación de mirar nuestro dilema actual en los términos
simplistas y maniqueos del Bien frente al Mal cósmico. Actualmente
tenemos esto en dos versiones opuestas pero de imágenes reflejadas:
el discurso desarrollado no solamente por los terroristas y sus
simpatizantes, sino también por muchos de la izquierda, en
Estados Unidos y en el mundo, que culpan al imperialismo cultural
norteamericano y su hegemonía económica, por lo de
"cosechar lo que uno siembra"; frente a la versión
patriótica de la ultraderecha, que propone que la democracia
y la libertad de los estadounidenses son el blanco inocente de la
locura islámica. Ambas teorías borran todas las complejidades
que precisamos incluir en los factores para tener una visión
política diferente, más inclusiva y ética.
Es la retórica maniquea y apocalíptica que resuena
de un lado a otro entre Bush y Bin Laden como consecuencia de los
ataques: la pseudo-islámica y la pseudocristiana, la guerra
santa y las cruzadas. Ambas mienten.
Así que
mientras no veo las redes terroristas y el capitalismo global como
equivalentes o iguales, sí veo algunos paralelos impresionantes
e inquietantes entre los dos. Los veo como las Torres Gemelas imaginarias,
irguiéndose desde las nubes de humo de las viejas torres,
hermanas gemelas, encerradas en una batalla por la riqueza, el engrandecimiento
imperial y los significados de la masculinidad. Es una batalla que
podría muy bien terminar en un punto muerto, un ciclo de
violencia interminable que ninguno de los dos puede ganar debido
a su incapacidad de ver claramente al otro. Las analistas y activistas
feministas de muchos países, cuyas voces hasta ahora han
sido inaudibles en esta crisis, tienen mucha experiencia a la cual
pueden recurrir para hacer esta doble crítica. Tanto en Naciones
Unidas como en el escenario nacional, hemos estado desafiando por
años las dimensiones prejuiciosas de género y raza
de ambos, el capitalismo neoliberal y varios fundamentalismos, tratando
de abrir camino en medio de esta doble amenaza. La diferencia ahora
es que ellos se lanzan en el escenario mundial en sus formas más
extremas y violentas.
Yo veo seis
áreas donde sus posturas se sobreponen:
1. Riqueza
No es necesario decir nada acerca del hecho de que Estados
Unidos es el país más rico del mundo, ni sobre la
manera en la cual la acumulación de riqueza es su cáliz
sagrado, no solamente de nuestro sistema político (piensen
en la dificultad que tenemos hasta en reformar nuestras leyes
de financiamiento de campañas electorales), sino también
de nuestro carácter nacional. Somos la casa matriz de los
mega imperios, de las corporaciones, que dominan el capitalismo
global e influencian las políticas de instituciones financieras
internacionales, Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial
(BM), y la Organización Mundial de Comercio (OMC), que
son sus entidades gubernamentales más importantes. Esta
realidad resuena en todo el mundo como un panteón simbólico
de lo que Estados Unidos representa, desde los anuncios de MacDonalds
y Kentucky Fried Chicken criticados por movimientos antiglobalización
en Génova y Rawalpindi, hasta las torres mismas del WTC.
La avidez, ya sea individual o corporativa, también está
latente y muy próxima a los valores que Bush y Rumsfeld
proponen cuando dicen nuestra "libertad" y "nuestra
manera de vivir" están siendo atacados y deben ser
ferozmente defendidos. (¿Por qué mientras escribo
esto, avisos no solicitados del Wall Street sobre oportunidades
para inversiones o pasajes de bajo costo para Las Bahamas, son
enviados a mi máquina de fax?).
La riqueza
es también la fuerza motriz detrás de la red de
Al-Qaeda, cuyos jefes provienen de la clase media alta educada
perteneciente a una élite financiera. Gran parte del poder
e influencia de Bin Laden se debe a la fortuna de su familia.
A su vez, los guerreros árabe-afganos en la guerra de los
años 80 contra los soviéticos, fueron no solamente
financiados por la CIA y la policía secreta de Pakistán,
sino también por el dinero del petróleo saudita.
Pero más importante aun son los valores que hay de detrás
de las organizaciones terroristas, que incluyen, como Bin Laden
ha puesto claro en una famosa entrevista de 1998, la defensa del
"honor" y la "propiedad" de los musulmanes
en todo el mundo y "[luchar contra] los gobiernos que están
resueltos a atacar su religión y a robar su riqueza
".
Paul Amar, muy apropiadamente, nos insta a no confundir estas
redes opulentas (cuyo nepotismo y relación con los intereses
petroleros se asemejan de una manera que inspira temor, a los
de la familia Bush) con los movimientos de resistencia social
empobrecidos del Medio Oriente y Asia. No existe evidencia alguna
de que justicia económica e igualdad figuren de algún
modo en el programa terrorista.
2. El
nacionalismo imperialista Las reacciones iniciales
a los ataques del gobierno de Bush revelaron el comportamiento
de una superpotencia que no conoce ningún límite,
que dicta ultimátum con el pretexto de estar "buscando
la cooperación". "Cada nación en todas
las regiones tiene que tomar una decisión", declaró
Bush en su discurso a la nación que en realidad fue un
discurso al mundo: "O ustedes están con nosotros o
están con los terroristas". "Esta es la guerra
del mundo, la guerra de la civilización". De esta
manera, Estados Unidos se proclama el líder y portavoz
de "la civilización", relegando a la categoría
de "incivilizados" no solamente a los terroristas sino
también a aquellos que se rehúsan a unirse a la
guerra. Para el Talibán y para cualquier otro régimen
que "da refugio a los terroristas", se convierte en
un alguacil jugando a la defensiva con los ladrones de ganado:
"Entreguen a los terroristas o ustedes compartirán
su destino". Pocos días después leímos
la notificación norteamericana de que "iba a utilizar
Arabia Saudita como el cuartel de sus operaciones contra Afganistán".
A medida que la campaña bélica progresa, sus objetivos
parecen ser más abiertamente imperialistas: "Después
del conflicto, Washington quiere ofrecer un papel en el gobierno
de Afganistán [al pequeño grupo heterogéneo
de mujahadeen, pobres, que trafican drogas y en su mayor
parte derrotados por el Talibán]" (NY Times,
24/9), como si éste fuera el papel oficial de Washington.
Además, él y sus aliados están cortejando
al rey afgano, octogenario y por mucho tiempo relegado al olvido,
que hoy se encuentra exiliado en Italia, para unirse a una operación
militar con el objetivo de expulsar al Talibán y establecer
¿qué? ¿un tipo de gobierno títere? Aquí
no se menciona nada sobre elecciones con observadores internacionales,
nada sobre Naciones Unidas, o sobre los millones de afganos, tanto
dentro del país como en el exilio, que son vistos como
una masa muda y oprimida de víctimas y refugiados.
Claramente
esta ofensiva involucra mucho más que la erradicación
y el castigo a los terroristas. A pesar de que no quiero reducir
la situación a un crudo escenario marxista, no puedo dejar
de preguntarme si esto no se relaciona con la antigua determinación
de Estados Unidos de tener un pie en la región del Golfo
y mantener el control sobre las reservas de petróleo. Por
lo menos, una facción del "equipo" de Bush clama
por perseguir a Saddam Hussein, sin duda con esta actitud. Y no
nos olvidemos de Paquistán y sus concesiones a las demandas
norteamericanas para cooperar a cambio de levantar las sanciones
económicas que les fueron impuestas y, ahora, la garantía
de un préstamo considerable del FMI. En la tradición
del poder neoimperial, Estados Unidos no necesita dominar los
países política o militarmente para conseguir las
concesiones que desea. Es suficiente su influencia económica
respaldada por su capacidad militar de aniquilación, además
del impulso otorgado por la ira popular por los ataques al WTC,
todo esto rodeado de una efusión de patriotismo nacionalista
que envuelve el panorama norteamericano.
A pesar
de la falta de poder imperial real de los Estados Unidos, las
fuerzas de Bin Laden imitan estas mismas aspiraciones. Si hacemos
la pregunta ¿qué buscan los terroristas?, tenemos
que reconocer que su visión del mundo es una forma extrema
y perversa de nacionalismo, una especie de fascismo, diría,
que se respalda en el terror para lograr sus propósitos.
Respecto a esto, sus objetivos, así como los de Estados
Unidos, van más allá del mero castigo. Paul Amar
afirma que toda la historia del nacionalismo árabe e islámico
ha sido transcender las fronteras coloniales impuestas del estado-nación,
que siempre fue transnacional y panarábica, o panislámica.
Si bien los terroristas no tienen base social o legítima
para reclamar esta tradición, ellos claramente la quieren
usurpar. Esto parece evidente en el lenguaje de Bin Laden invocando
"la nación árabe", "la península
árabe", y la "fraternidad" que va desde
Europa del Este hacia Turquía y Albania, todo el Oriente
Medio, hasta el Sudoeste Asiático y Cachemira. Su misión
es expulsar a los "infieles" y sus partidarios islámicos
de un área que ocupa casi un tercio del globo. Al amenazar
Estados Unidos con bombardear Afganistán y/o intentar expulsar
al Talibán, ciertamente se desestabilizaría Paquistán
y posiblemente sería catapultado a manos de extremistas
similares al Talibán, quienes entonces controlarían
las armas nucleares, un gran paso hacia la versión perversa
y usurpada del sueño panislámico.
3. Pseudo-Religión
Tal como otros han comentado, la interpretación
del "choque de religiones" o del "choque de culturas"
en el escenario actual es completamente engañosa. Lo que
tenemos es, más bien, la apropiación del simbolismo
y el discurso religioso para propósitos predominantemente
políticos, y para justificar la guerra y la violencia permanentes.
Mientras Bin Laden declara una djihad o guerra santa contra
Norteamérica y sus ciudadanos, tanto civiles como militares,
Bush lanza una cruzada contra los terroristas y todos aquellos
que les dan asilo o apoyo. A su vez, Bin Laden se declara el "servidor
de Alá luchando por la causa de la religión de Alá"
y para proteger las mezquitas sagradas del Islam, mientras que
Bush declara que Washington es el promotor de "justicia infinita"
y profetiza una victoria indudable porque "Dios no es neutral".
(El Pentágono cambió el cliché "Operación
Justicia Infinita" por "Operación Libertad Perdurable",
después de que los norteamericanos islamitas expresaron
su objeción y tres clérigos cristianos advirtieron
sobre la presunción de divinidad, el "pecado del orgullo").
Pero tenemos que cuestionar la autenticidad de estos discursos
religiosos, no importa lo sinceros que puedan ser sus proponentes.
Una declaración hecha por un grupo de eminentes intelectuales
islamitas denuncia firmemente el terrorismo, la masacre arbitraria
de civiles inocentes, contraria a la ley de la Charia.
Y la adopción de este discurso apocalíptico, por
parte de Bush, sólo puede ser visto como sustituyendo una
forma de legitimación del discurso internacionalista neoliberal
conservador, de la ultraderecha. En ambos casos, vale la pena
citar al siempre sabio Eduardo Galeano: "En la lucha entre
el Bien y el Mal, es siempre el pueblo el que muere".
4. Militarismo
Tanto el gobierno de Bush como las fuerzas de Bin Laden
adoptan los métodos de guerra y violencia para lograr sus
fines, pero en formas diferentes. El militarismo estadounidense
es de la variedad ultra técnica, que busca aterrorizar
por la mera fuerza, volumen y virtuosidad tecnológica de
sus armamentos. Por supuesto que, como la historia de Vietnam
y la persistencia de Saddam Hussein lo atestiguan, esta es una
ilusión superlativa. (¿Recuerdan las "bombas
inteligentes" de la Guerra del Golfo que se dirigieron hacia
las máquinas de Coca-Cola?). Pero nuestra tecnología
militar es también una vasta e insaciable industria, para
la cual el lucro, y no la estrategia, es la fuerza motriz de su
razón de ser. Como señala un crítico de las
prioridades de la inteligencia norteamericana, "el juego
de la defensa nacional es una operación de sistemas y dinero"
que tiene poca o ninguna relevancia frente al terrorismo. Los
cohetes fueron diseñados para combatir Estados hostiles
con territorios fijos y sus propios arsenales de guerra, y no
a los terroristas que se mueven furtivamente por el mundo y cuyas
"armas de destrucción en masa" son cuerpos humanos
y aviones secuestrados; ni tampoco el famoso terreno impenetrable
y las pilas de escombros que es Afganistán. Hasta el propio
Bush, en uno de sus comentarios más sensatos hasta la fecha,
afirmó que no somos tan tontos para apuntar "un cohete
teledirigido de US$ 2 billones hacia una carpa vacía de
US$ 10". Sin embargo, cuatro días después del
ataque, los demócratas en el Congreso agregaron una locura
encima de otra y revocaron su oposición al "escudo
para misiles" de Bush, costoso y destructivo, votando para
restablecer su autoridad para gastar US$ 1.3 billones en este
proyecto mal concebido y peligroso. Y las compañías
de armamentos empezaron rápidamente a ponerse en la fila
para recepcionar los enormes pedidos frente a la próxima
e inminente guerra, la guerra nos dicen que durará
mucho tiempo, quizás el resto de nuestras vidas. El militarismo
norteamericano no se basa en la racionalidad, ni tampoco en contra
el terrorismo, sino en el lucro.
La manía
de guerra y la reagrupación detrás de la bandera
exhibida por el pueblo norteamericano expresa no el deseo de lucros
militares sino algo más difícil de comprender para
las disidencias feministas y anti guerra. Tal vez sea la necesidad
de manifestar ira y sentirse reivindicado, u otro deseo más
profundamente enraizado de experimentar algún sentimiento
de comunidad y de un propósito más noble, en una
sociedad tan atomizada y aislada: los unos de los otros y del
mundo. Barbara Kingsolver escribe que ella y su esposo enviaron
con renuencia a su hija de cinco años de edad a la escuela,
vestida de rojo, blanco y azul como los otros niños, porque
no querían permitir que los nacionalistas y censores "nos
robasen la bandera". La niña probablemente reflejaba
los anhelos de muchos adultos menos reflexivos cuando ella dijo
que usar los colores de la bandera "significa que somos un
país; simplemente personas, todos unidos".
El militarismo
de los terroristas es de una naturaleza diferente. Se basa en
la figura mítica del guerrero beduino o en la de los combatientes
Ikhwan de inicios del siglo XX que hicieron posible que Ibn Saud
consolidara su estado dinástico. Sus características
más sobresalientes son la valentía y ferocidad en
la batalla; como lo afirma un testigo árabe, presagiando
los informes de los veteranos soviéticos de la guerra afgana
de los años 80: "totalmente osado frente a la muerte,
sin importarle cuántos mueren a su alrededor, avanzando
palmo a palmo con un solo deseo, el de derrotar y aniquilar al
enemigo". (M. Ruthven, Islam in the World, p. 27).
Claro que esta imagen también, como toda ideología
hiper nacionalista, está enraizada en un mítico
y dorado pasado que tiene poco que ver con el terrorismo real
del siglo XXI, donde sus integrantes son reclutados, entrenados
y remunerados. Además, así como el militarismo de
alta tecnología, el militarismo de baja tecnología
está igualmente basado en una ilusión, la de que
millones de creyentes emergerán, obedecerán al fatwa
y derrotarán al infiel. Es una ilusión porque subestima
torpemente el arma más poderosa en el arsenal del capitalismo
global, no la "justicia infinita" o las armas nucleares,
sino los innumerables Nikes y cds. Y también subestima
el poder local del feminismo, que los fundamentalistas erróneamente
confunden con el de occidente. Hoy día, Irán, con
todas sus contradicciones internas, demuestra la resiliencia y
la variedad y heterogenidad expresada en una cultura juvenil cada
vez más globalizada y en los movimientos de las mujeres.
(Sciolino, NY Times, 9/23/01).
5. Masculinismo
El militarismo, nacionalismo y colonialismo como espacios
de poder han sido siempre, en su mayor parte, disputas sobre los
significados de ser hombre. La feminista y cientista política
Cynthia Enloe, afirma que "el sentido de su propia masculinidad
en los hombres, frecuentemente tenue, es un factor en la política
internacional tanto como el fluir del petróleo, los cables
y las armas militares". En el caso de los patrocinadores
del Talibán de Bin Laden, la forma y exceso de misoginia
que van de la mano con el terrorismo de Estado y el fundamentalismo
extremo, han sido documentados gráficamente. Basta ir a
la página web de la Asociación Revolucionaria de
las Mujeres de Afganistán (RAWA), http://www.rawa.org,
para ver fotos de atrocidades cometidas contra las mujeres (y
hombres) por ofensas sexuales, ofensas al código de vestimenta,
y otras formas de desviaciones que nos revuelve el estómago.
Según John Burns, escribiendo para la NY Times Magazine
en 1990, el líder rebelde de la guerra afgana que recibió
"la mejor parte del dinero y armamentos americanos",
y que no era un Talibán, tenía la reputación
de haber "enviado a sus seguidores durante su campaña
como estudiante, a lanzar frascos de ácido en el rostro
de las mujeres estudiantes que se rehusaran a usar velos".
En el
caso de terroristas internacionales y del propio Bin Laden, no
nos olvidemos que su modelo es el de una "fraternidad"
islámica, una banda de hermanos con un vínculo de
unión, basado en un compromiso agonístico de luchar
contra el enemigo hasta la muerte. Los campos CIA-paquistaní-saudi
y las escuelas de entrenamiento establecidas para apoyar a los
"rebeldes" (quienes más tarde se tornaran "terroristas")
durante la guerra antisoviética, fueron los terrenos de
reproducción, no sólo de una red terrorista mundial
sino también de su cultura masculinista y misógina.
Bin Laden claramente se ve a sí mismo como el jefe tribal
patriarcal cuyo deber es el de proveer y proteger, tanto a su
propia comitiva de esposas y muchos hijos, como a toda la red
de tenientes y reclutas y sus familias. El es la contraparte árabe
del legendario padrino, el padrone.
En contraste
a esto, ¿podemos decir que Estados Unidos, como el portaestandarte
del capitalismo global, es "género-neutro"? ¿No
tenemos a una mujer, de hecho una mujer afronorteamericana, en
el timón de nuestro Consejo Nacional de Seguridad, la mano
derecha del Presidente, diseñando la máquina de
guerra permanente?
A pesar
de las "brechas de género" reportadas en las
encuestas sobre la guerra, sabemos que las mujeres no son inherentemente
más pacíficas que los hombres. ¿Recuerdan a
todas aquellas amas de casa de los suburbios, con sus listones
amarillos en los aeropuertos del interior, los patios de las escuelas
y los centros comerciales, durante la Guerra del Golfo? Al mismo
tiempo, el masculinismo capitalista global sigue bien vivo, aunque
disimulado bajo su eurocentrismo racista, so pretexto de "rescatar"
a las mujeres afganas oprimidas y sin voz, del régimen
misógino que él ayudó a llegar al poder.
Las feministas de todo el mundo que por tanto tiempo trataron
de llamar la atención sobre la condición de las
mujeres y niñas en Afganistán, no pueden sentirse
reivindicadas con la perspectiva de los aviones de guerra estadounidenses
y la de los jefes de la guerrilla respaldados por éste,
que vienen a "salvar" a nuestras hermanas afganas. A
su vez, nuestros medios de comunicación permanecen silenciosos
sobre el activismo y la autodeterminación de grupos como
RAWA y Mujeres Refugiadas en Desarrollo, mientras que el stablishment
militar persiste en negar acceso a observadores y aceptar su responsabilidad
(accountability) frente a una Corte Penal Internacional,
por los actos de violación y agresión sexual cometidos
por sus soldados, estacionados en diferentes países del
mundo. El masculinismo y la misoginia toman muchas formas, no
siempre las más visibles.
6. Racismo
Por supuesto que lo que yo he denominado fundamentalismo
fascista, o terrorismo transnacional, está también
saturado de racismo, pero de un tipo muy específico y enfocado:
el antisemitismo. Las torres del WTC simbolizaban no solamente
el capitalismo norteamericano, el capitalismo financiero; para
los terroristas eran también el capitalismo financiero
judío. Esto se puede ver en los informes falsos de los
ataques del 11 de septiembre publicados en los periódicos
de idioma árabe en el Medio Oriente, que atribuyen a los
israelíes la responsabilidad de los ataques, afirmando
erróneamente que ni una sola persona entre los muertos
y desaparecidos era judía, seguramente, dijeron, porque
los judíos debieron haber sido advertidos de antemano,
etc. En su entrevista de 1998, Bin Laden repetidamente se refiere
a los "judíos", no israelíes, en sus acusaciones
sobre los planes para conquistar la península árabe
entera. Y afirma que "los americanos y los judíos
representan la punta de lanza con la cual los miembros de nuestra
religión han sido masacrados. Cualquier esfuerzo dirigido
contra América y los judíos producirá resultados
positivos y directos". Y, finalmente, él reescribe
la historia y destruye la diversidad de los musulmanes, con una
advertencia a los "gobiernos occidentales" para que
rompan sus lazos con los judíos: "la enemistad entre
nosotros y los judíos viene de muy atrás en el tiempo
y está profundamente enraizada. No existe duda de que la
guerra entre nosotros es inevitable. Por esta razón, no
es conveniente para los gobiernos occidentales arriesgar los intereses
de sus pueblos a todo tipo de represalias por prácticamente
nada". (Siento un escalofrío cuando me doy cuenta
de que soy parte de esa nada).
El racismo
de Estados Unidos es mucho más difuso pero igualmente insidioso;
el racismo penetrante y el etnocentrismo que emponzoña
el fondo del norteamericano siempre resurgen en tiempos de crisis
nacional. Como lo dijo Sumitha Reddy, en una charla reciente,
desde el desastre, los siks y otros grupos indios, árabes
y hasta latinos morenos y afronorteamericanos, víctimas
de una ola de actos violentos y abusivos por todo el país,
representan una ampliación de la "zona de desconfianza"
en el racismo norteamericano, más allá del enfoque
usual de blanco-negro. Las mujeres que usan pañuelos en
la cabeza o saris son particularmente vulnerables al acoso, pero
los hombres árabes e indios de todas las edades, son los
que están siendo asesinados.
Analizando el
contexto
El Estado alega
que repudia estos incidentes y amenaza con llevar a proceso a los
responsables. Pero este es el mismo Estado que estableció
la llamada Acta Antiterrorista, aprobada en 1995 después
del bombardeo de la ciudad de Oklahoma (un acto cometido por terroristas
cristianos blancos nativos), un pretexto para acorralar y deportar
inmigrantes de todo tipo; y que ahora está nuevamente descartando
los derechos civiles de los inmigrantes en su fervorosa caza antiterrorista.
Todos los días The New York Times publica su archivo
policial de retratos de los sospechosos, que nos traen reminiscencias
de aquellas fotografías eugenésicas de los "tipos
criminales" de una era anterior, que imprimen en las mentes
de los lectores un cierto conjunto de características faciales
que ellos deben ahora temer y culpabilizar. Crear y aplicar perfiles
raciales se transforma en un pasatiempo nacional.
Si miramos solamente
las tácticas de los terroristas y la repulsa del mundo hacia
ellas, entonces podemos llegar a la conclusión, un tanto
optimista, de que al final el bandidaje jamás triunfará.
Pero ignoramos, a nuestro riesgo, el contexto en el cual el terrorismo
opera, y este contexto incluye no solamente racismo y eurocentrismo
sino muchas formas de injusticia social. Reflexionando sobre una
posición moral en esta crisis, tenemos que distinguir entre
las causas inmediatas y las condiciones necesarias. Ni Estados Unidos
(como un Estado), ni la estructura de poder corporativo y financiero
que las torres del World Trade Center simbolizaban, causaron
los horrores del 11 de septiembre. Sin duda ninguna, el ultrajante
y horrible homicidio, mutilando y dejando huérfanos a tantas
personas inocentes de diferentes razas, color, clase, edad, género
y pertenecientes a más de 60 nacionalidades, merece alguna
forma de rectificación. Por otro lado, las condiciones en
las cuales el terrorismo internacional florece, ganando adeptos
y haciendo valer su derecho a legitimarse moralmente, incluyen muchas
formas de las cuales Norteamérica y sus intereses financieros
son directamente responsables, aunque ellas ni por un segundo son
una excusa para los ataques. Ultimamente una pregunta frecuente
es ¿por qué el Tercer Mundo nos odia tanto? En otras
palabras, ¿por qué tantas personas, incluyendo mis propios
amigos en Asia, Africa, América Latina y el Medio Oriente,
expresan tanta ambivalencia sobre lo ocurrido, lamentando un acto
imperdonable y al mismo tiempo sintiendo alguna satisfacción
de que finalmente los norteamericanos también están
sufriendo? Cometemos un error fatal si atribuimos estos sentimientos
mixtos solamente a la envidia o resentimiento de nuestra riqueza
y libertad, ignorando el contexto histórico de la agresión,
injusticia y desigualdad. Consideremos los siguientes hechos:
1. Como
nos recuerda Walden Bello en las Filipinas, Estados Unidos es
el único país en el mundo que en realidad ha usado
las armas infames de destrucción de masas, para bombardear
civiles inocentes en Hiroshima y Nagasaki.
2. Estados
Unidos persiste hasta el día de hoy en bombardear a Irak,
destruyendo las vidas y suministros de alimentos de centenas de
miles de adultos y niños civiles en aquel país.
Bombardeamos a Belgrado, una populosa ciudad capital por 80 días
consecutivos durante la guerra en Kosovo y apoyamos el bombardeo
que mató a un número incalculable de civiles en
El Salvador en los años 80. Nuestra CIA y aparato de entrenamiento
militar ha apoyado masacres paramilitares, asesinatos, torturas
y desapariciones en muchos países de América Latina
y América Central, con Operación Cóndor y
otras similares en la década de los años 70, y ha
apoyado regímenes corruptos, autoritarios en el Medio Oriente,
Sudeste asiático, y otras partes (el Shah de Irán,
Suharto en Indonesia, la dinastía Saudita, ad nauseam).
El 11 de septiembre es la fecha del golpe de estado contra el
gobierno democráticamente electo de Allende, en Chile,
y el comienzo de la dictadura militar de 25 años de Pinochet,
gracias nuevamente al apoyo de Estados Unidos. Sí, una
larga historia de terrorismo de Estado.
3. En el
Medio Oriente, que es el ojo del tornado o el microcosmos de la
conflagración actual, la ayuda militar estadounidense y
el engranaje del gobierno Bush, son el sine qua non de
las continuas políticas del gobierno israelí de
ataques a aldeas, demolición de casas, destrucción
de huertos de oliva, restricciones para movilizarse, asesinato
de líderes políticos, construcción de caminos
y ampliación de poblados que invaden territorios palestinos
y que profundizan la ocupación, cometiendo abusos continuos
a los derechos humanos de los palestinos y de ciudadanos árabes.
Todo esto exacerba la hostilidad y los bombardeos suicidas. De
esta manera nuestro país contribuye a este interminable
ciclo de violencia.
4. Estados
Unidos es uno, de solamente dos países, ¡conjuntamente
con Afganistán! que no ha ratificado la Convención
sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación
Contra la Mujer (CEDAW), y el único país, además
de Somalia, que no ha ratificado la Convención de los Niños.
Es el oponente más tenaz del Estatuto que establece una
Corte Penal Internacional, como de los tratados que prohiben las
minas y la guerra biológica. Es el principal enemigo de
un nuevo tratado multilateral para combatir el tráfico
ilegal de armas pequeñas, y el único país
en el mundo que amenaza con un sistema de defensa sin precedentes
con base en el espacio, y la inminente violación del tratado
de MAB. Entonces, ¿quién es el "bandido",
el "Estado fuera de la ley"?
5. Estados
Unidos es el único país industria-lizado importante
que se rehusa a ratificar el Protocolo de Kioto sobre el Cambio
de Clima Mundial, a pesar de las concesiones hechas en ese documento
diseñadas para cumplir con sus objeciones. Mientras tanto,
un nuevo estudio científico mundial muestra que los países
cuya productividad será beneficiada con los cambios en
el clima son Canadá, Rusia y Estados Unidos, y que los
perdedores son los países que menos han contribuido al
cambio en el clima mundial, Africa mayoritariamente.
Según
ha documentado el Banco Mundial y el Programa de Naciones Unidas
para el Desarrollo (PNUD), dos décadas de globali-zación
han acentuado las brechas entre ricos y pobres. Los beneficios
de la liberalización e integración del mercado global
se han concentrado desproporcionadamente en manos de norteamericanos
y europeos ricos, así como entre pequeñas élites
del Tercer Mundo. No obstante los supuestos efectos democratizantes
de internet, un norteamericano de clase media "necesita ahorrar
el sueldo de un mes para comprar una computadora; un bengalí
precisa economizar su sueldo total por ocho años para hacerlo".
Y a pesar de alardear reiteradamente su retórica de "comercio
libre", Estados Unidos persiste en defender las políticas
proteccionistas para sus agricultores. Entre tanto, los pequeños
productores de Asia, Africa y el Caribe, muchos de los cuales
son mujeres, sufren los efectos de las políticas exportadoras,
quedando relegados al sector informal de la economía, o
a la explotación fabril de las multinacionales.
6. Los
países del G-8, del cual Estados Unidos es socio principal,
dominan la toma de decisiones del Fondo Monetario Internacional
y del Banco Mundial, cuyos ajustes estructurales y el carácter
condicional para los préstamos y la disminución
de la deuda mantienen a los países pobres y a sus ciudadanos
atrapados en la pobreza.
7. Las
corporaciones con bases en Estados Unidos entregan billones de
la noche a la mañana para "auxiliar" a sus contrapartes,
cuyas oficinas y personal fueron destruidos en los ataques al
WTC, y el Congreso sin mayor trámite puede votar para otorgar
US$ 15 billones para la aviación comercial que fue perjudicada.
Sin embargo, nuestras contribuciones para ayuda al exterior (excepto
para ayuda militar) han disminuido; nosotros, el país más
rico del mundo, no podemos ni siquiera satisfacer el estándar
de Naciones Unidas de 7 por ciento del PNB. Un informe reciente
de la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestra que
el costo total para proveer agua potable y saneamiento para cada
persona en el mundo que lo necesite, sería de tan sólo
US$10 billones. El problema es que nadie puede imaginar de dónde
saldría este dinero, y Naciones Unidas aún está
muy lejos de recaudar un monto similar para su proclamado Fondo
Mundial para el SIDA. ¿Qué tipo de vileza es ésta?
¿Y qué decir sobre las formas de racismo, o de segregación,
que valora algunas vidas, aquellas en Estados Unidos y Europa,
en desmedro de las que están en otras partes del mundo?
Y la lista
sigue, con MacDonalds, Coca-Cola, CNN y MTV y todos los
detritos comerciales no invitados, que proliferan por toda la
faz de la tierra y que ofenden la sensibilidad cultural y espiritual
de mucha gente, incluyendo a las viajeras feministas transnacionales
como yo, que encontramos réplicas de nuestros centros comerciales
en Kampala, en Kuala Lumpur, El Cairo o Bangalore. Pero peor aún
es la trivialidad y el mal gusto de estas andanadas culturales
y comerciales y la arrogante presunción de que nuestro
"estilo de vida" es el mejor del mundo, que debe ser
aceptado en todas partes, o que nuestro poder y supuesto progreso
nos da el derecho a dictar políticas y estrategias para
el resto del planeta. Esta es la cara del imperialismo del siglo
XXI.
Sólo
justicia
Ninguna de estas
consideraciones puede consolar a quienes perdieron seres queridos
el 11 de septiembre, o a las miles de víctimas de los ataques
que quedaron sin empleo, sin hogar y medios de subsistencia, tampoco
se puede disculpar crímenes tan horribles. Como escribe el
poeta palestino Mahmoud Darwish, "nada, nada justifica el terrorismo".
Sin embargo, al intentar comprender lo que ha pasado y reflexionar
sobre cómo evitar que ello vuelva suceder (lo cual es probablemente
un deseo fútil), nosotros los norteamericanos tenemos que
tomar en cuenta todos estos hechos dolorosos. Estados Unidos, aunque
es el centro del capitalismo global, seguirá precariamente
equipado para "eliminar el terrorismo" hasta que empiece
a reconocer su responsabilidad pasada y presente por muchas de las
condiciones que he enumerado y a tratarlas de una manera responsable.
Pero eso significaría que nuestro país se convirtiera
en algo diferente de lo que es. Es decir, transformándose
a sí mismo, incluyendo el abandono de la presunción
de que unilateralmente debe vigilar el mundo. Esta es la médula
del problema: ¿cómo buscar soluciones distintas a una
guerra total? ¿Cómo podríamos pensar de manera
diferente sobre el poder? Tentativamente por ahora propongo que:
1. El cliché
"la guerra no es la solución" es una verdad práctica
y al mismo tiempo ontológica. El bombardeo u otros ataques
militares en Afganistán no erradicarán las redes
terroristas, que podrían estar ocultas en las profundidades
de las montañas, o en Paquistán, Alemania, Florida
o New Jersey. Esto solamente tendría éxito en destruir
un país ya diezmado, matando a un número incontable
de civiles y creando centenas de miles más de refugiados.
Y posiblemente despertará tal ira entre los simpatizantes
islámicos, suficiente para desestabilizar la región
entera y perpetuar el ciclo de represalia y ataques terroristas.
Ciertamente, todo el horror del siglo XX debería habernos
enseñado que la guerra tiene combustión espontánea
y que la violencia armada refleja, no la extensión de la
política por otros medios, sino su fracaso, no la defensa
de la civilización, sino su destrucción.
2. Perseguir
y atrapar a los perpetradores del terrorismo y llevarlos a la
justicia, con un tipo de acción policial internacional,
es un objetivo sensato pero repleto de peligros. Debido a que
Estados Unidos es la única "superpotencia" en
el mundo, su declaración de guerra contra el terrorismo
y contra todos aquellos que lo respaldan significa que una vez
más tomamos el control como gendarme mundial, o como lo
dice Fidel Castro, una "dictadura militar mundial bajo el
uso exclusivo de la fuerza, sin tomar en cuenta ninguna ley o
institución internacionales". Aquí en casa,
una "emergencia nacional" o "estado de guerra"
significa la restricción de los derechos civiles, el acoso
a inmigrantes, resguardo de información (censura) o el
fomento de desinfor-mación a los medios de comunicación,
todo esto sin ningún límite de tiempo y bajo el
abominable nuevo Ministerio de Seguridad del Suelo Patrio. Debemos
oponernos a ambos, tanto al unilateralismo de Estados Unidos como
al estado de seguridad permanente. Debemos instar a nuestros representantes
en el Congreso a defender diligentemente los derechos civiles
de todos.
3. Estoy
de acuerdo con la Organización Solidaria de los Pueblos
Afroasiáticos (Afro Asian Peoples Solidarity Organization,
AAPSO) de El Cairo, que dice que "este castigo debe ser infligido
de acuerdo con la ley y solamente a aquellos que son responsables
de estos eventos", y que debería ser ejercido dentro
del sistema de Naciones Unidas y la ley internacional, y no unilateralmente
por Estados Unidos. Esto no es lo mismo que nuestro país
obtenga un sello de aprobación del Consejo de Seguridad
para comandar la seguridad global. Ya existen numerosos tratados
contra el terrorismo y el lavado de dinero en la ley internacional.
La Corte Penal Internacional, cuya ratificación está
pendiente y a la cual el gobierno estadounidense se ha opuesto
obstinadamente, sería la institución lógica
para juzgar los casos terroristas, con la cooperación de
la policía nacional y los sistemas de vigilancia. Debemos
exigir que Estados Unidos ratifique el estatuto de la CPI. Mientras
tanto, un tribunal especial bajo los auspicios internacionales,
como los que fueron formados para la ex Yugoslavia y Ruanda, podría
ser establecido, como una agencia internacional para coordinar
los esfuerzos de la policía e inteligencia nacionales,
siendo Estados Unidos uno de sus miembros participantes. Esto
es el poder del compromiso y cooperación internacionales.
4. Ninguna
acción policial, por más cooperativa que sea, puede
acabar con el terrorismo sin tomar en cuenta las condiciones de
miseria e injusticia que fomentan y agravan el terrorismo. Estados
Unidos tiene que hacer un reexamen de sus valores y sus políticas,
en relación no solamente al Medio Oriente, sino al resto
del mundo. Tiene que asumir responsabilidades a este respecto,
incluyendo las maneras de compartir su riqueza, recursos y tecnologías,
democratizar las decisiones sobre el comercio, finanzas y seguridad
globales, y asegurar que el acceso a los "bienes públicos
globales" tales como salud, alimentación, educación,
saneamiento, agua, e igualdad racial y de género, tengan
prioridad en las relaciones internacionales. El significado mismo
de lo que llamamos "seguridad" tiene que abarcar todos
estos aspectos del bienestar, de "seguridad humana",
y con carácter universal.
Permítanme
citar nuevamente la declaración del poeta Mahmoud Darwish,
publicada en el periódico palestino Al Ayyam el 17
de septiembre pasado y firmada por muchos escritores e intelectuales
palestinos:
"Sabemos
que la herida del americano es profunda y que este momento trágico
es un momento para la solidaridad y para compartir el dolor.
Pero también sabemos que los horizontes del intelecto
pueden cruzar los paisajes de la devastación. El terrorismo
no tiene lugar determinado o fronteras, él no reside
en una geografía propia; su patria es la desilusión
y la desesperación. La mejor arma para erradicar del
alma al terrorismo es la solidaridad de la comunidad internacional,
en el respeto por los derechos de todos los pueblos del mundo
de vivir en armonía y en la reducción de la brecha
cada vez más ancha entre el norte y el sur. Y la manera
más efectiva de defender la libertad es a través
de realizar plenamente el significado de justicia".
Lo que me da
esperanza es que el espíritu de esta declaración ha
sido tomado por un número cada vez más grande de grupos
en mi país, incluyendo el National Council of Churches, el
Green Party, la coalición de 100 artistas y activistas (Civil
Rights Leaders), los grandes grupos de coaliciones para la paz,
organizaciones de estudiantes, New Yorkers Say No to War, mujeres
famosas negras y blancas que son entrevistadas en el show de Oprah
Winfrey, así como por parientes y familiares de las víctimas
de los ataques. Tal vez de las cenizas podremos recobrar un nuevo
tipo de solidaridad, tal vez los terroristas nos forzarán
a no reflejar su imagen sino a ver el mundo y la humanidad como
un todo.
* Rosalind
P. Petchesky, escritora
e investigadora norteamericana y activista feminista.
Fuente:
"Torres Fantasmas: Reflexiones feministas sobre la batalla
entre el capitalismo global y el terrorismo fundamentalista".
Presentación realizada en una sesión de educación
abierta del Departamento de Ciencias Políticas del Hunter
College de Nueva York, el 25 de septiembre de 2001. Se reproduce
con la autorización de la autora.
Traducción de Astrid Bant. Programa de América Latina
de International Women's Health Coalition, IWHC.
Editado por Perspectivas.
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