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REFLEXIONES / Violencia contra la Mujer (9)
(vea aquí otros artículos)

LAS TORRES FANTASMAS

Rosalind P. Petchesky *

Estos son tiempos demandantes, tiempos difíciles de saber dónde estamos de un día a otro. El atentado al World Trade Center ha dejado en su secuela muchos tipos de daños, el menor de los cuales es una profunda confusión ética y política en las mentes de muchos norteamericanos que de alguna manera se identifican como "progresistas", es decir, antirracistas, feministas, demócratas (con d minúscula), contra la guerra.

Al mismo tiempo que tenemos la responsabilidad de estar de luto por aquellos que fallecieron en la tragedia y sus seres queridos, y hacia nosotros mismos, también es urgente que empecemos a reflexionar acerca del mundo en que vivimos actualmente y qué nos demanda esto. Y tenemos que hacerlo, aun sabiendo que nuestro entendimiento en este momento solamente puede ser tentativo y que posiblemente dentro de un año o quizá antes, será invalidado por eventos que no podemos prever, o por informaciones que hoy son secretas. Así que, arriesgándome a estar totalmente equivocada, quiero intentar trazar un cuadro o una especie de mapa global de la dinámica del poder como lo veo en este momento, incluyendo sus dimensiones de género y raza. Quiero preguntar si no existe alguna otra alternativa, más humana, y una solución pacífica, además de las dos polaridades inaceptables que nos han presentado: una maquinaria de guerra permanente (o seguridad del Estado permanente) y un régimen de terror sagrado.

Sin maniqueísmos

Deseo dejar bien claro que cuando formulo la pregunta si actualmente estamos enfrentando una confrontación entre el capitalismo global y el tipo de fascismo del fundamentalismo islámico, no quiero dar a entender que son equivalentes. De hecho, si los atentados del 11 de septiembre son obra de la red Al-Qaeda de Bin Laden o de algo relacionado o aun más grande, y por el momento pienso que podemos suponer que esto sea una posibilidad real, entonces la mayoría de nosotros aquí en este salón estamos estructuralmente posicionados de una manera tal que no tenemos mucha alternativa sobre nuestra identidad. (Para aquellos que son norteamericanos-islámicos o norteamericanos-árabes entre nosotros, que se oponen al terrorismo y al mismo tiempo están aterrorizados de caminar en las calles, me imagino que el dilema moral debe ser mucho más angustioso). Como norteamericana, mujer, feminista y judía, tengo que reconocer que los Bin Laden del mundo me odian y me quieren muerta; o, si tuvieran poder sobre mí, harían de mi vida un verdadero infierno. Tengo que desear que estos "perpetradores", "terroristas", lo que sea que fueran, sean arrestados y anulados, para que yo pueda vivir con algún tipo de tranquilidad. Esto es muy diferente de vivir en el corazón del capitalismo global, que es como convivir con una familia muy disfuncional que nos llena de vergüenza e ira por su arrogancia, codicia e insensibilidad, pero que no obstante es nuestra casa y que nos da inmensos privilegios y enormes responsabilidades.

Tampoco me rindo a la tentación de mirar nuestro dilema actual en los términos simplistas y maniqueos del Bien frente al Mal cósmico. Actualmente tenemos esto en dos versiones opuestas pero de imágenes reflejadas: el discurso desarrollado no solamente por los terroristas y sus simpatizantes, sino también por muchos de la izquierda, en Estados Unidos y en el mundo, que culpan al imperialismo cultural norteamericano y su hegemonía económica, por lo de "cosechar lo que uno siembra"; frente a la versión patriótica de la ultraderecha, que propone que la democracia y la libertad de los estadounidenses son el blanco inocente de la locura islámica. Ambas teorías borran todas las complejidades que precisamos incluir en los factores para tener una visión política diferente, más inclusiva y ética. Es la retórica maniquea y apocalíptica que resuena de un lado a otro entre Bush y Bin Laden como consecuencia de los ataques: la pseudo-islámica y la pseudocristiana, la guerra santa y las cruzadas. Ambas mienten.

Así que mientras no veo las redes terroristas y el capitalismo global como equivalentes o iguales, sí veo algunos paralelos impresionantes e inquietantes entre los dos. Los veo como las Torres Gemelas imaginarias, irguiéndose desde las nubes de humo de las viejas torres, hermanas gemelas, encerradas en una batalla por la riqueza, el engrandecimiento imperial y los significados de la masculinidad. Es una batalla que podría muy bien terminar en un punto muerto, un ciclo de violencia interminable que ninguno de los dos puede ganar debido a su incapacidad de ver claramente al otro. Las analistas y activistas feministas de muchos países, cuyas voces hasta ahora han sido inaudibles en esta crisis, tienen mucha experiencia a la cual pueden recurrir para hacer esta doble crítica. Tanto en Naciones Unidas como en el escenario nacional, hemos estado desafiando por años las dimensiones prejuiciosas de género y raza de ambos, el capitalismo neoliberal y varios fundamentalismos, tratando de abrir camino en medio de esta doble amenaza. La diferencia ahora es que ellos se lanzan en el escenario mundial en sus formas más extremas y violentas.

Yo veo seis áreas donde sus posturas se sobreponen:

1. Riqueza — No es necesario decir nada acerca del hecho de que Estados Unidos es el país más rico del mundo, ni sobre la manera en la cual la acumulación de riqueza es su cáliz sagrado, no solamente de nuestro sistema político (piensen en la dificultad que tenemos hasta en reformar nuestras leyes de financiamiento de campañas electorales), sino también de nuestro carácter nacional. Somos la casa matriz de los mega imperios, de las corporaciones, que dominan el capitalismo global e influencian las políticas de instituciones financieras internacionales, Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM), y la Organización Mundial de Comercio (OMC), que son sus entidades gubernamentales más importantes. Esta realidad resuena en todo el mundo como un panteón simbólico de lo que Estados Unidos representa, desde los anuncios de MacDonald’s y Kentucky Fried Chicken criticados por movimientos antiglobalización en Génova y Rawalpindi, hasta las torres mismas del WTC. La avidez, ya sea individual o corporativa, también está latente y muy próxima a los valores que Bush y Rumsfeld proponen cuando dicen nuestra "libertad" y "nuestra manera de vivir" están siendo atacados y deben ser ferozmente defendidos. (¿Por qué mientras escribo esto, avisos no solicitados del Wall Street sobre oportunidades para inversiones o pasajes de bajo costo para Las Bahamas, son enviados a mi máquina de fax?).

La riqueza es también la fuerza motriz detrás de la red de Al-Qaeda, cuyos jefes provienen de la clase media alta educada perteneciente a una élite financiera. Gran parte del poder e influencia de Bin Laden se debe a la fortuna de su familia. A su vez, los guerreros árabe-afganos en la guerra de los años 80 contra los soviéticos, fueron no solamente financiados por la CIA y la policía secreta de Pakistán, sino también por el dinero del petróleo saudita. Pero más importante aun son los valores que hay de detrás de las organizaciones terroristas, que incluyen, como Bin Laden ha puesto claro en una famosa entrevista de 1998, la defensa del "honor" y la "propiedad" de los musulmanes en todo el mundo y "[luchar contra] los gobiernos que están resueltos a atacar su religión y a robar su riqueza…". Paul Amar, muy apropiadamente, nos insta a no confundir estas redes opulentas (cuyo nepotismo y relación con los intereses petroleros se asemejan de una manera que inspira temor, a los de la familia Bush) con los movimientos de resistencia social empobrecidos del Medio Oriente y Asia. No existe evidencia alguna de que justicia económica e igualdad figuren de algún modo en el programa terrorista.

2. El nacionalismo imperialista — Las reacciones iniciales a los ataques del gobierno de Bush revelaron el comportamiento de una superpotencia que no conoce ningún límite, que dicta ultimátum con el pretexto de estar "buscando la cooperación". "Cada nación en todas las regiones tiene que tomar una decisión", declaró Bush en su discurso a la nación que en realidad fue un discurso al mundo: "O ustedes están con nosotros o están con los terroristas". "Esta es la guerra del mundo, la guerra de la civilización". De esta manera, Estados Unidos se proclama el líder y portavoz de "la civilización", relegando a la categoría de "incivilizados" no solamente a los terroristas sino también a aquellos que se rehúsan a unirse a la guerra. Para el Talibán y para cualquier otro régimen que "da refugio a los terroristas", se convierte en un alguacil jugando a la defensiva con los ladrones de ganado: "Entreguen a los terroristas o ustedes compartirán su destino". Pocos días después leímos la notificación norteamericana de que "iba a utilizar Arabia Saudita como el cuartel de sus operaciones contra Afganistán". A medida que la campaña bélica progresa, sus objetivos parecen ser más abiertamente imperialistas: "Después del conflicto, Washington quiere ofrecer un papel en el gobierno de Afganistán [al pequeño grupo heterogéneo de mujahadeen, pobres, que trafican drogas y en su mayor parte derrotados por el Talibán]" (NY Times, 24/9), como si éste fuera el papel oficial de Washington. Además, él y sus aliados están cortejando al rey afgano, octogenario y por mucho tiempo relegado al olvido, que hoy se encuentra exiliado en Italia, para unirse a una operación militar con el objetivo de expulsar al Talibán y establecer ¿qué? ¿un tipo de gobierno títere? Aquí no se menciona nada sobre elecciones con observadores internacionales, nada sobre Naciones Unidas, o sobre los millones de afganos, tanto dentro del país como en el exilio, que son vistos como una masa muda y oprimida de víctimas y refugiados.

Claramente esta ofensiva involucra mucho más que la erradicación y el castigo a los terroristas. A pesar de que no quiero reducir la situación a un crudo escenario marxista, no puedo dejar de preguntarme si esto no se relaciona con la antigua determinación de Estados Unidos de tener un pie en la región del Golfo y mantener el control sobre las reservas de petróleo. Por lo menos, una facción del "equipo" de Bush clama por perseguir a Saddam Hussein, sin duda con esta actitud. Y no nos olvidemos de Paquistán y sus concesiones a las demandas norteamericanas para cooperar a cambio de levantar las sanciones económicas que les fueron impuestas y, ahora, la garantía de un préstamo considerable del FMI. En la tradición del poder neoimperial, Estados Unidos no necesita dominar los países política o militarmente para conseguir las concesiones que desea. Es suficiente su influencia económica respaldada por su capacidad militar de aniquilación, además del impulso otorgado por la ira popular por los ataques al WTC, todo esto rodeado de una efusión de patriotismo nacionalista que envuelve el panorama norteamericano.

A pesar de la falta de poder imperial real de los Estados Unidos, las fuerzas de Bin Laden imitan estas mismas aspiraciones. Si hacemos la pregunta ¿qué buscan los terroristas?, tenemos que reconocer que su visión del mundo es una forma extrema y perversa de nacionalismo, una especie de fascismo, diría, que se respalda en el terror para lograr sus propósitos. Respecto a esto, sus objetivos, así como los de Estados Unidos, van más allá del mero castigo. Paul Amar afirma que toda la historia del nacionalismo árabe e islámico ha sido transcender las fronteras coloniales impuestas del estado-nación, que siempre fue transnacional y panarábica, o panislámica. Si bien los terroristas no tienen base social o legítima para reclamar esta tradición, ellos claramente la quieren usurpar. Esto parece evidente en el lenguaje de Bin Laden invocando "la nación árabe", "la península árabe", y la "fraternidad" que va desde Europa del Este hacia Turquía y Albania, todo el Oriente Medio, hasta el Sudoeste Asiático y Cachemira. Su misión es expulsar a los "infieles" y sus partidarios islámicos de un área que ocupa casi un tercio del globo. Al amenazar Estados Unidos con bombardear Afganistán y/o intentar expulsar al Talibán, ciertamente se desestabilizaría Paquistán y posiblemente sería catapultado a manos de extremistas similares al Talibán, quienes entonces controlarían las armas nucleares, un gran paso hacia la versión perversa y usurpada del sueño panislámico.

3. Pseudo-Religión — Tal como otros han comentado, la interpretación del "choque de religiones" o del "choque de culturas" en el escenario actual es completamente engañosa. Lo que tenemos es, más bien, la apropiación del simbolismo y el discurso religioso para propósitos predominantemente políticos, y para justificar la guerra y la violencia permanentes. Mientras Bin Laden declara una djihad o guerra santa contra Norteamérica y sus ciudadanos, tanto civiles como militares, Bush lanza una cruzada contra los terroristas y todos aquellos que les dan asilo o apoyo. A su vez, Bin Laden se declara el "servidor de Alá luchando por la causa de la religión de Alá" y para proteger las mezquitas sagradas del Islam, mientras que Bush declara que Washington es el promotor de "justicia infinita" y profetiza una victoria indudable porque "Dios no es neutral". (El Pentágono cambió el cliché "Operación Justicia Infinita" por "Operación Libertad Perdurable", después de que los norteamericanos islamitas expresaron su objeción y tres clérigos cristianos advirtieron sobre la presunción de divinidad, el "pecado del orgullo"). Pero tenemos que cuestionar la autenticidad de estos discursos religiosos, no importa lo sinceros que puedan ser sus proponentes. Una declaración hecha por un grupo de eminentes intelectuales islamitas denuncia firmemente el terrorismo, la masacre arbitraria de civiles inocentes, contraria a la ley de la Charia. Y la adopción de este discurso apocalíptico, por parte de Bush, sólo puede ser visto como sustituyendo una forma de legitimación del discurso internacionalista neoliberal conservador, de la ultraderecha. En ambos casos, vale la pena citar al siempre sabio Eduardo Galeano: "En la lucha entre el Bien y el Mal, es siempre el pueblo el que muere".

4. Militarismo — Tanto el gobierno de Bush como las fuerzas de Bin Laden adoptan los métodos de guerra y violencia para lograr sus fines, pero en formas diferentes. El militarismo estadounidense es de la variedad ultra técnica, que busca aterrorizar por la mera fuerza, volumen y virtuosidad tecnológica de sus armamentos. Por supuesto que, como la historia de Vietnam y la persistencia de Saddam Hussein lo atestiguan, esta es una ilusión superlativa. (¿Recuerdan las "bombas inteligentes" de la Guerra del Golfo que se dirigieron hacia las máquinas de Coca-Cola?). Pero nuestra tecnología militar es también una vasta e insaciable industria, para la cual el lucro, y no la estrategia, es la fuerza motriz de su razón de ser. Como señala un crítico de las prioridades de la inteligencia norteamericana, "el juego de la defensa nacional es una operación de sistemas y dinero" que tiene poca o ninguna relevancia frente al terrorismo. Los cohetes fueron diseñados para combatir Estados hostiles con territorios fijos y sus propios arsenales de guerra, y no a los terroristas que se mueven furtivamente por el mundo y cuyas "armas de destrucción en masa" son cuerpos humanos y aviones secuestrados; ni tampoco el famoso terreno impenetrable y las pilas de escombros que es Afganistán. Hasta el propio Bush, en uno de sus comentarios más sensatos hasta la fecha, afirmó que no somos tan tontos para apuntar "un cohete teledirigido de US$ 2 billones hacia una carpa vacía de US$ 10". Sin embargo, cuatro días después del ataque, los demócratas en el Congreso agregaron una locura encima de otra y revocaron su oposición al "escudo para misiles" de Bush, costoso y destructivo, votando para restablecer su autoridad para gastar US$ 1.3 billones en este proyecto mal concebido y peligroso. Y las compañías de armamentos empezaron rápidamente a ponerse en la fila para recepcionar los enormes pedidos frente a la próxima e inminente guerra, la guerra —nos dicen— que durará mucho tiempo, quizás el resto de nuestras vidas. El militarismo norteamericano no se basa en la racionalidad, ni tampoco en contra el terrorismo, sino en el lucro.

La manía de guerra y la reagrupación detrás de la bandera exhibida por el pueblo norteamericano expresa no el deseo de lucros militares sino algo más difícil de comprender para las disidencias feministas y anti guerra. Tal vez sea la necesidad de manifestar ira y sentirse reivindicado, u otro deseo más profundamente enraizado de experimentar algún sentimiento de comunidad y de un propósito más noble, en una sociedad tan atomizada y aislada: los unos de los otros y del mundo. Barbara Kingsolver escribe que ella y su esposo enviaron con renuencia a su hija de cinco años de edad a la escuela, vestida de rojo, blanco y azul como los otros niños, porque no querían permitir que los nacionalistas y censores "nos robasen la bandera". La niña probablemente reflejaba los anhelos de muchos adultos menos reflexivos cuando ella dijo que usar los colores de la bandera "significa que somos un país; simplemente personas, todos unidos".

El militarismo de los terroristas es de una naturaleza diferente. Se basa en la figura mítica del guerrero beduino o en la de los combatientes Ikhwan de inicios del siglo XX que hicieron posible que Ibn Saud consolidara su estado dinástico. Sus características más sobresalientes son la valentía y ferocidad en la batalla; como lo afirma un testigo árabe, presagiando los informes de los veteranos soviéticos de la guerra afgana de los años 80: "totalmente osado frente a la muerte, sin importarle cuántos mueren a su alrededor, avanzando palmo a palmo con un solo deseo, el de derrotar y aniquilar al enemigo". (M. Ruthven, Islam in the World, p. 27). Claro que esta imagen también, como toda ideología hiper nacionalista, está enraizada en un mítico y dorado pasado que tiene poco que ver con el terrorismo real del siglo XXI, donde sus integrantes son reclutados, entrenados y remunerados. Además, así como el militarismo de alta tecnología, el militarismo de baja tecnología está igualmente basado en una ilusión, la de que millones de creyentes emergerán, obedecerán al fatwa y derrotarán al infiel. Es una ilusión porque subestima torpemente el arma más poderosa en el arsenal del capitalismo global, no la "justicia infinita" o las armas nucleares, sino los innumerables Nikes y cds. Y también subestima el poder local del feminismo, que los fundamentalistas erróneamente confunden con el de occidente. Hoy día, Irán, con todas sus contradicciones internas, demuestra la resiliencia y la variedad y heterogenidad expresada en una cultura juvenil cada vez más globalizada y en los movimientos de las mujeres. (Sciolino, NY Times, 9/23/01).

5. Masculinismo — El militarismo, nacionalismo y colonialismo como espacios de poder han sido siempre, en su mayor parte, disputas sobre los significados de ser hombre. La feminista y cientista política Cynthia Enloe, afirma que "el sentido de su propia masculinidad en los hombres, frecuentemente tenue, es un factor en la política internacional tanto como el fluir del petróleo, los cables y las armas militares". En el caso de los patrocinadores del Talibán de Bin Laden, la forma y exceso de misoginia que van de la mano con el terrorismo de Estado y el fundamentalismo extremo, han sido documentados gráficamente. Basta ir a la página web de la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA), http://www.rawa.org, para ver fotos de atrocidades cometidas contra las mujeres (y hombres) por ofensas sexuales, ofensas al código de vestimenta, y otras formas de desviaciones que nos revuelve el estómago. Según John Burns, escribiendo para la NY Times Magazine en 1990, el líder rebelde de la guerra afgana que recibió "la mejor parte del dinero y armamentos americanos", y que no era un Talibán, tenía la reputación de haber "enviado a sus seguidores durante su campaña como estudiante, a lanzar frascos de ácido en el rostro de las mujeres estudiantes que se rehusaran a usar velos".

En el caso de terroristas internacionales y del propio Bin Laden, no nos olvidemos que su modelo es el de una "fraternidad" islámica, una banda de hermanos con un vínculo de unión, basado en un compromiso agonístico de luchar contra el enemigo hasta la muerte. Los campos CIA-paquistaní-saudi y las escuelas de entrenamiento establecidas para apoyar a los "rebeldes" (quienes más tarde se tornaran "terroristas") durante la guerra antisoviética, fueron los terrenos de reproducción, no sólo de una red terrorista mundial sino también de su cultura masculinista y misógina. Bin Laden claramente se ve a sí mismo como el jefe tribal patriarcal cuyo deber es el de proveer y proteger, tanto a su propia comitiva de esposas y muchos hijos, como a toda la red de tenientes y reclutas y sus familias. El es la contraparte árabe del legendario padrino, el padrone.

En contraste a esto, ¿podemos decir que Estados Unidos, como el portaestandarte del capitalismo global, es "género-neutro"? ¿No tenemos a una mujer, de hecho una mujer afronorteamericana, en el timón de nuestro Consejo Nacional de Seguridad, la mano derecha del Presidente, diseñando la máquina de guerra permanente?

A pesar de las "brechas de género" reportadas en las encuestas sobre la guerra, sabemos que las mujeres no son inherentemente más pacíficas que los hombres. ¿Recuerdan a todas aquellas amas de casa de los suburbios, con sus listones amarillos en los aeropuertos del interior, los patios de las escuelas y los centros comerciales, durante la Guerra del Golfo? Al mismo tiempo, el masculinismo capitalista global sigue bien vivo, aunque disimulado bajo su eurocentrismo racista, so pretexto de "rescatar" a las mujeres afganas oprimidas y sin voz, del régimen misógino que él ayudó a llegar al poder. Las feministas de todo el mundo que por tanto tiempo trataron de llamar la atención sobre la condición de las mujeres y niñas en Afganistán, no pueden sentirse reivindicadas con la perspectiva de los aviones de guerra estadounidenses y la de los jefes de la guerrilla respaldados por éste, que vienen a "salvar" a nuestras hermanas afganas. A su vez, nuestros medios de comunicación permanecen silenciosos sobre el activismo y la autodeterminación de grupos como RAWA y Mujeres Refugiadas en Desarrollo, mientras que el stablishment militar persiste en negar acceso a observadores y aceptar su responsabilidad (accountability) frente a una Corte Penal Internacional, por los actos de violación y agresión sexual cometidos por sus soldados, estacionados en diferentes países del mundo. El masculinismo y la misoginia toman muchas formas, no siempre las más visibles.

6. Racismo — Por supuesto que lo que yo he denominado fundamentalismo fascista, o terrorismo transnacional, está también saturado de racismo, pero de un tipo muy específico y enfocado: el antisemitismo. Las torres del WTC simbolizaban no solamente el capitalismo norteamericano, el capitalismo financiero; para los terroristas eran también el capitalismo financiero judío. Esto se puede ver en los informes falsos de los ataques del 11 de septiembre publicados en los periódicos de idioma árabe en el Medio Oriente, que atribuyen a los israelíes la responsabilidad de los ataques, afirmando erróneamente que ni una sola persona entre los muertos y desaparecidos era judía, seguramente, dijeron, porque los judíos debieron haber sido advertidos de antemano, etc. En su entrevista de 1998, Bin Laden repetidamente se refiere a los "judíos", no israelíes, en sus acusaciones sobre los planes para conquistar la península árabe entera. Y afirma que "los americanos y los judíos… representan la punta de lanza con la cual los miembros de nuestra religión han sido masacrados. Cualquier esfuerzo dirigido contra América y los judíos producirá resultados positivos y directos". Y, finalmente, él reescribe la historia y destruye la diversidad de los musulmanes, con una advertencia a los "gobiernos occidentales" para que rompan sus lazos con los judíos: "la enemistad entre nosotros y los judíos viene de muy atrás en el tiempo y está profundamente enraizada. No existe duda de que la guerra entre nosotros es inevitable. Por esta razón, no es conveniente para los gobiernos occidentales arriesgar los intereses de sus pueblos a todo tipo de represalias por prácticamente nada". (Siento un escalofrío cuando me doy cuenta de que soy parte de esa ‘nada’).

El racismo de Estados Unidos es mucho más difuso pero igualmente insidioso; el racismo penetrante y el etnocentrismo que emponzoña el fondo del norteamericano siempre resurgen en tiempos de crisis nacional. Como lo dijo Sumitha Reddy, en una charla reciente, desde el desastre, los siks y otros grupos indios, árabes y hasta latinos morenos y afronorteamericanos, víctimas de una ola de actos violentos y abusivos por todo el país, representan una ampliación de la "zona de desconfianza" en el racismo norteamericano, más allá del enfoque usual de blanco-negro. Las mujeres que usan pañuelos en la cabeza o saris son particularmente vulnerables al acoso, pero los hombres árabes e indios de todas las edades, son los que están siendo asesinados.

Analizando el contexto

El Estado alega que repudia estos incidentes y amenaza con llevar a proceso a los responsables. Pero este es el mismo Estado que estableció la llamada Acta Antiterrorista, aprobada en 1995 después del bombardeo de la ciudad de Oklahoma (un acto cometido por terroristas cristianos blancos nativos), un pretexto para acorralar y deportar inmigrantes de todo tipo; y que ahora está nuevamente descartando los derechos civiles de los inmigrantes en su fervorosa caza antiterrorista. Todos los días The New York Times publica su archivo policial de retratos de los sospechosos, que nos traen reminiscencias de aquellas fotografías eugenésicas de los "tipos criminales" de una era anterior, que imprimen en las mentes de los lectores un cierto conjunto de características faciales que ellos deben ahora temer y culpabilizar. Crear y aplicar perfiles raciales se transforma en un pasatiempo nacional.

Si miramos solamente las tácticas de los terroristas y la repulsa del mundo hacia ellas, entonces podemos llegar a la conclusión, un tanto optimista, de que al final el bandidaje jamás triunfará. Pero ignoramos, a nuestro riesgo, el contexto en el cual el terrorismo opera, y este contexto incluye no solamente racismo y eurocentrismo sino muchas formas de injusticia social. Reflexionando sobre una posición moral en esta crisis, tenemos que distinguir entre las causas inmediatas y las condiciones necesarias. Ni Estados Unidos (como un Estado), ni la estructura de poder corporativo y financiero que las torres del World Trade Center simbolizaban, causaron los horrores del 11 de septiembre. Sin duda ninguna, el ultrajante y horrible homicidio, mutilando y dejando huérfanos a tantas personas inocentes de diferentes razas, color, clase, edad, género y pertenecientes a más de 60 nacionalidades, merece alguna forma de rectificación. Por otro lado, las condiciones en las cuales el terrorismo internacional florece, ganando adeptos y haciendo valer su derecho a legitimarse moralmente, incluyen muchas formas de las cuales Norteamérica y sus intereses financieros son directamente responsables, aunque ellas ni por un segundo son una excusa para los ataques. Ultimamente una pregunta frecuente es ¿por qué el Tercer Mundo nos odia tanto? En otras palabras, ¿por qué tantas personas, incluyendo mis propios amigos en Asia, Africa, América Latina y el Medio Oriente, expresan tanta ambivalencia sobre lo ocurrido, lamentando un acto imperdonable y al mismo tiempo sintiendo alguna satisfacción de que finalmente los norteamericanos también están sufriendo? Cometemos un error fatal si atribuimos estos sentimientos mixtos solamente a la envidia o resentimiento de nuestra riqueza y libertad, ignorando el contexto histórico de la agresión, injusticia y desigualdad. Consideremos los siguientes hechos:

1. Como nos recuerda Walden Bello en las Filipinas, Estados Unidos es el único país en el mundo que en realidad ha usado las armas infames de destrucción de masas, para bombardear civiles inocentes en Hiroshima y Nagasaki.

2. Estados Unidos persiste hasta el día de hoy en bombardear a Irak, destruyendo las vidas y suministros de alimentos de centenas de miles de adultos y niños civiles en aquel país. Bombardeamos a Belgrado, una populosa ciudad capital por 80 días consecutivos durante la guerra en Kosovo y apoyamos el bombardeo que mató a un número incalculable de civiles en El Salvador en los años 80. Nuestra CIA y aparato de entrenamiento militar ha apoyado masacres paramilitares, asesinatos, torturas y desapariciones en muchos países de América Latina y América Central, con Operación Cóndor y otras similares en la década de los años 70, y ha apoyado regímenes corruptos, autoritarios en el Medio Oriente, Sudeste asiático, y otras partes (el Shah de Irán, Suharto en Indonesia, la dinastía Saudita, ad nauseam). El 11 de septiembre es la fecha del golpe de estado contra el gobierno democráticamente electo de Allende, en Chile, y el comienzo de la dictadura militar de 25 años de Pinochet, gracias nuevamente al apoyo de Estados Unidos. Sí, una larga historia de terrorismo de Estado.

3. En el Medio Oriente, que es el ojo del tornado o el microcosmos de la conflagración actual, la ayuda militar estadounidense y el engranaje del gobierno Bush, son el sine qua non de las continuas políticas del gobierno israelí de ataques a aldeas, demolición de casas, destrucción de huertos de oliva, restricciones para movilizarse, asesinato de líderes políticos, construcción de caminos y ampliación de poblados que invaden territorios palestinos y que profundizan la ocupación, cometiendo abusos continuos a los derechos humanos de los palestinos y de ciudadanos árabes. Todo esto exacerba la hostilidad y los bombardeos suicidas. De esta manera nuestro país contribuye a este interminable ciclo de violencia.

4. Estados Unidos es uno, de solamente dos países, ¡conjuntamente con Afganistán! que no ha ratificado la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer (CEDAW), y el único país, además de Somalia, que no ha ratificado la Convención de los Niños. Es el oponente más tenaz del Estatuto que establece una Corte Penal Internacional, como de los tratados que prohiben las minas y la guerra biológica. Es el principal enemigo de un nuevo tratado multilateral para combatir el tráfico ilegal de armas pequeñas, y el único país en el mundo que amenaza con un sistema de defensa sin precedentes con base en el espacio, y la inminente violación del tratado de MAB. Entonces, ¿quién es el "bandido", el "Estado fuera de la ley"?

5. Estados Unidos es el único país industria-lizado importante que se rehusa a ratificar el Protocolo de Kioto sobre el Cambio de Clima Mundial, a pesar de las concesiones hechas en ese documento diseñadas para cumplir con sus objeciones. Mientras tanto, un nuevo estudio científico mundial muestra que los países cuya productividad será beneficiada con los cambios en el clima son Canadá, Rusia y Estados Unidos, y que los perdedores son los países que menos han contribuido al cambio en el clima mundial, Africa mayoritariamente.

Según ha documentado el Banco Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), dos décadas de globali-zación han acentuado las brechas entre ricos y pobres. Los beneficios de la liberalización e integración del mercado global se han concentrado desproporcionadamente en manos de norteamericanos y europeos ricos, así como entre pequeñas élites del Tercer Mundo. No obstante los supuestos efectos democratizantes de internet, un norteamericano de clase media "necesita ahorrar el sueldo de un mes para comprar una computadora; un bengalí precisa economizar su sueldo total por ocho años para hacerlo". Y a pesar de alardear reiteradamente su retórica de "comercio libre", Estados Unidos persiste en defender las políticas proteccionistas para sus agricultores. Entre tanto, los pequeños productores de Asia, Africa y el Caribe, muchos de los cuales son mujeres, sufren los efectos de las políticas exportadoras, quedando relegados al sector informal de la economía, o a la explotación fabril de las multinacionales.

6. Los países del G-8, del cual Estados Unidos es socio principal, dominan la toma de decisiones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, cuyos ajustes estructurales y el carácter condicional para los préstamos y la disminución de la deuda mantienen a los países pobres y a sus ciudadanos atrapados en la pobreza.

7. Las corporaciones con bases en Estados Unidos entregan billones de la noche a la mañana para "auxiliar" a sus contrapartes, cuyas oficinas y personal fueron destruidos en los ataques al WTC, y el Congreso sin mayor trámite puede votar para otorgar US$ 15 billones para la aviación comercial que fue perjudicada. Sin embargo, nuestras contribuciones para ayuda al exterior (excepto para ayuda militar) han disminuido; nosotros, el país más rico del mundo, no podemos ni siquiera satisfacer el estándar de Naciones Unidas de 7 por ciento del PNB. Un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestra que el costo total para proveer agua potable y saneamiento para cada persona en el mundo que lo necesite, sería de tan sólo US$10 billones. El problema es que nadie puede imaginar de dónde saldría este dinero, y Naciones Unidas aún está muy lejos de recaudar un monto similar para su proclamado Fondo Mundial para el SIDA. ¿Qué tipo de vileza es ésta? ¿Y qué decir sobre las formas de racismo, o de segregación, que valora algunas vidas, aquellas en Estados Unidos y Europa, en desmedro de las que están en otras partes del mundo?

Y la lista sigue, con MacDonald’s, Coca-Cola, CNN y MTV y todos los detritos comerciales no invitados, que proliferan por toda la faz de la tierra y que ofenden la sensibilidad cultural y espiritual de mucha gente, incluyendo a las viajeras feministas transnacionales como yo, que encontramos réplicas de nuestros centros comerciales en Kampala, en Kuala Lumpur, El Cairo o Bangalore. Pero peor aún es la trivialidad y el mal gusto de estas andanadas culturales y comerciales y la arrogante presunción de que nuestro "estilo de vida" es el mejor del mundo, que debe ser aceptado en todas partes, o que nuestro poder y supuesto progreso nos da el derecho a dictar políticas y estrategias para el resto del planeta. Esta es la cara del imperialismo del siglo XXI.

Sólo justicia

Ninguna de estas consideraciones puede consolar a quienes perdieron seres queridos el 11 de septiembre, o a las miles de víctimas de los ataques que quedaron sin empleo, sin hogar y medios de subsistencia, tampoco se puede disculpar crímenes tan horribles. Como escribe el poeta palestino Mahmoud Darwish, "nada, nada justifica el terrorismo". Sin embargo, al intentar comprender lo que ha pasado y reflexionar sobre cómo evitar que ello vuelva suceder (lo cual es probablemente un deseo fútil), nosotros los norteamericanos tenemos que tomar en cuenta todos estos hechos dolorosos. Estados Unidos, aunque es el centro del capitalismo global, seguirá precariamente equipado para "eliminar el terrorismo" hasta que empiece a reconocer su responsabilidad pasada y presente por muchas de las condiciones que he enumerado y a tratarlas de una manera responsable. Pero eso significaría que nuestro país se convirtiera en algo diferente de lo que es. Es decir, transformándose a sí mismo, incluyendo el abandono de la presunción de que unilateralmente debe vigilar el mundo. Esta es la médula del problema: ¿cómo buscar soluciones distintas a una guerra total? ¿Cómo podríamos pensar de manera diferente sobre el poder? Tentativamente por ahora propongo que:

1. El cliché "la guerra no es la solución" es una verdad práctica y al mismo tiempo ontológica. El bombardeo u otros ataques militares en Afganistán no erradicarán las redes terroristas, que podrían estar ocultas en las profundidades de las montañas, o en Paquistán, Alemania, Florida o New Jersey. Esto solamente tendría éxito en destruir un país ya diezmado, matando a un número incontable de civiles y creando centenas de miles más de refugiados. Y posiblemente despertará tal ira entre los simpatizantes islámicos, suficiente para desestabilizar la región entera y perpetuar el ciclo de represalia y ataques terroristas. Ciertamente, todo el horror del siglo XX debería habernos enseñado que la guerra tiene combustión espontánea y que la violencia armada refleja, no la extensión de la política por otros medios, sino su fracaso, no la defensa de la civilización, sino su destrucción.

2. Perseguir y atrapar a los perpetradores del terrorismo y llevarlos a la justicia, con un tipo de acción policial internacional, es un objetivo sensato pero repleto de peligros. Debido a que Estados Unidos es la única "superpotencia" en el mundo, su declaración de guerra contra el terrorismo y contra todos aquellos que lo respaldan significa que una vez más tomamos el control como gendarme mundial, o como lo dice Fidel Castro, una "dictadura militar mundial bajo el uso exclusivo de la fuerza, sin tomar en cuenta ninguna ley o institución internacionales". Aquí en casa, una "emergencia nacional" o "estado de guerra" significa la restricción de los derechos civiles, el acoso a inmigrantes, resguardo de información (censura) o el fomento de desinfor-mación a los medios de comunicación, todo esto sin ningún límite de tiempo y bajo el abominable nuevo Ministerio de Seguridad del Suelo Patrio. Debemos oponernos a ambos, tanto al unilateralismo de Estados Unidos como al estado de seguridad permanente. Debemos instar a nuestros representantes en el Congreso a defender diligentemente los derechos civiles de todos.

3. Estoy de acuerdo con la Organización Solidaria de los Pueblos Afroasiáticos (Afro Asian Peoples Solidarity Organization, AAPSO) de El Cairo, que dice que "este castigo debe ser infligido de acuerdo con la ley y solamente a aquellos que son responsables de estos eventos", y que debería ser ejercido dentro del sistema de Naciones Unidas y la ley internacional, y no unilateralmente por Estados Unidos. Esto no es lo mismo que nuestro país obtenga un sello de aprobación del Consejo de Seguridad para comandar la seguridad global. Ya existen numerosos tratados contra el terrorismo y el lavado de dinero en la ley internacional. La Corte Penal Internacional, cuya ratificación está pendiente y a la cual el gobierno estadounidense se ha opuesto obstinadamente, sería la institución lógica para juzgar los casos terroristas, con la cooperación de la policía nacional y los sistemas de vigilancia. Debemos exigir que Estados Unidos ratifique el estatuto de la CPI. Mientras tanto, un tribunal especial bajo los auspicios internacionales, como los que fueron formados para la ex Yugoslavia y Ruanda, podría ser establecido, como una agencia internacional para coordinar los esfuerzos de la policía e inteligencia nacionales, siendo Estados Unidos uno de sus miembros participantes. Esto es el poder del compromiso y cooperación internacionales.

4. Ninguna acción policial, por más cooperativa que sea, puede acabar con el terrorismo sin tomar en cuenta las condiciones de miseria e injusticia que fomentan y agravan el terrorismo. Estados Unidos tiene que hacer un reexamen de sus valores y sus políticas, en relación no solamente al Medio Oriente, sino al resto del mundo. Tiene que asumir responsabilidades a este respecto, incluyendo las maneras de compartir su riqueza, recursos y tecnologías, democratizar las decisiones sobre el comercio, finanzas y seguridad globales, y asegurar que el acceso a los "bienes públicos globales" tales como salud, alimentación, educación, saneamiento, agua, e igualdad racial y de género, tengan prioridad en las relaciones internacionales. El significado mismo de lo que llamamos "seguridad" tiene que abarcar todos estos aspectos del bienestar, de "seguridad humana", y con carácter universal.

Permítanme citar nuevamente la declaración del poeta Mahmoud Darwish, publicada en el periódico palestino Al Ayyam el 17 de septiembre pasado y firmada por muchos escritores e intelectuales palestinos:

"Sabemos que la herida del americano es profunda y que este momento trágico es un momento para la solidaridad y para compartir el dolor. Pero también sabemos que los horizontes del intelecto pueden cruzar los paisajes de la devastación. El terrorismo no tiene lugar determinado o fronteras, él no reside en una geografía propia; su patria es la desilusión y la desesperación. La mejor arma para erradicar del alma al terrorismo es la solidaridad de la comunidad internacional, en el respeto por los derechos de todos los pueblos del mundo de vivir en armonía y en la reducción de la brecha cada vez más ancha entre el norte y el sur. Y la manera más efectiva de defender la libertad es a través de realizar plenamente el significado de justicia".

Lo que me da esperanza es que el espíritu de esta declaración ha sido tomado por un número cada vez más grande de grupos en mi país, incluyendo el National Council of Churches, el Green Party, la coalición de 100 artistas y activistas (Civil Rights Leaders), los grandes grupos de coaliciones para la paz, organizaciones de estudiantes, New Yorkers Say No to War, mujeres famosas negras y blancas que son entrevistadas en el show de Oprah Winfrey, así como por parientes y familiares de las víctimas de los ataques. Tal vez de las cenizas podremos recobrar un nuevo tipo de solidaridad, tal vez los terroristas nos forzarán a no reflejar su imagen sino a ver el mundo y la humanidad como un todo.


* Rosalind P. Petchesky,
escritora e investigadora norteamericana y activista feminista.

Fuente:
"Torres Fantasmas: Reflexiones feministas sobre la batalla entre el capitalismo global y el terrorismo fundamentalista". Presentación realizada en una sesión de educación abierta del Departamento de Ciencias Políticas del Hunter College de Nueva York, el 25 de septiembre de 2001. Se reproduce con la autorización de la autora.

Traducción de Astrid Bant. Programa de América Latina de International Women's Health Coalition, IWHC.
Editado por Perspectivas.


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