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Grupo de Comunicadoras del Sur

Miedo universal

María Elena Hermosilla*

Desde los inicios de los 90, muchos cambios ha habido en los modos en que los humanos se comunican públicamente a nivel nacional e internacional. Por ello, también en los modos en que se ejerce profesionalmente la comunicación.

La globalización se ha consolidado como fenómeno que conecta y universaliza intereses, tendencias, modos de pensar, modos de vida, etc. pero, al mismo tiempo, distribuye con gran eficacia por todas las regiones del planeta los problemas económicos sociales y culturales que antes parecían exclusivos de los países del tercer mundo.

Pobreza, desempleo, conflictos étnicos, confrontaciones religiosas, aberrantes discriminaciones de género, migraciones forzadas, existen hoy en todas las regiones, aun las más desarrolladas. Comparten espacios territoriales con sofisticados sistemas tecnológicos y opulentos estilos de vida.

Estos fenómenos conviven con la internacionalización del poder económico, el cosmopolitismo en las costumbres y modas, la aparente padronización cultural, y en general, con una "modernidad" universal, cuyas consecuencias son, entre otras, los ya tan relevados trizaduras, incoherencias y "mestizajes culturales" en sujetos, comunidades, clases, naciones completas. A veces, los vivimos de modo inconsciente, los ignoramos, los soportamos, y hasta creamos estrategias culturales, sociales, económicas y éticas para sobrevivirlos airosamente. Pero en determinadas condiciones históricas son capaces de conducir a los seres humanos a dolorosas confrontaciones.

Un segundo gran cambio es la consolidación de INTERNET como el instrumento privilegiado de las comunicaciones globalizadas. La gran red de redes de las comunicaciones mundiales transporta información en cantidades y velocidades que la historia de la humanidad no conocía. Por otra parte, este mismo fenómeno permite una suerte de democratización del conocimiento, pues tampoco nunca antes tantos individuos y grupos habían tenido acceso a un volumen tan amplio de informaciones y/o contenidos a un costo monetario tan (relativamente) bajo.

Pero la globalización tiene una contra-cara. Estamos en medio, como dice Jesús Martín Barbero en su ponencia "Identidades: Tradiciones y Nuevas Comunidades", de una verdadera "marejada identitaria", cuya máximo flujo ha arrastrado por completo al mundo desde el día 11 de septiembre pasado, al producirse el atentado contra Estados Unidos.

Las palabras de Jesús Martín Barbero, pronunciadas en el 2.000 en la ciudad argentina de Córdoba, ­cuando las Torres Gemelas se erguían soberbias sobre Manhattan, con pretensiones de eternidad­ , ayudan a interpretar la situación actual:

...(vivimos) "la emergencia de los fundamentalismos identitarios como la forma en que los sujetos colectivos reaccionan a la amenaza que sobre ellos hace caer una globalización más interesada en los "instintos básicos" ­impulsos de poder y cálculos estratégicos­ que las identidades, esto es una globalización que pretende disolver la sociedad en cuanto comunidad de sentido y sustituirla por un mundo hecho de mercados, redes y flujos de información, pues la forma en que resienten esta presión los individuos y los grupos situados en los países de la periferia, se halla en la desconección traducida cada día más abiertamente en la exclusión social y cultural, en el empeoramiento de las condiciones de vida de la mayoría, en la ruptura del contrato social entre trabajo, capital y Estado y la destrucción de aquella solidaridad que hacía posible la seguridad social".

Según Manuel Castells en su libro "La Era de la Información", citado entonces por Martín Barbero, "lo compartido por hombres, mujeres y niños es un miedo profundamente asentado a lo desconocido, que se vuelve más amedrentador cuando tiene que ver con la base cotidiana de la vida personal: están aterrorizados por la soledad y la incertidumbre en una sociedad individualista y ferozmente competitiva".

En el Chile (mi país) de fines de los 90 e inicios del 2 mil, esa amenaza tiene su expresión en el miedo a perder el trabajo, el miedo a contraer una enfermedad catastrófica, el miedo a no poder educar a los hijos, el miedo a la delincuencia. Todas las encuestas así lo demuestran. La institución constituida por la sociedad para garantizar la seguridad de los ciudadanos ­el Estado­ no tiene el poder ni los recursos para hacerlo. El capital y el trabajo en un país de economía tan abierta al mundo como la nuestra, dependen cada día más de los vaivenes de los mercados internacionales. La sentido de indefensión lleva a los sujetos a buscar certezas en otros ámbitos, pero el miedo invade todos los espacios y se instala en el corazón del hogar bajo la forma rectangular de la pantalla de TV.

El ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, se inscribe en la trama tensional entre la globalización y la exclusión económica, social política y cultural, pero al mismo tiempo la transforma dramáticamente. Pues el ataque a los lugares emblemáticos del mundo de los mercados, las redes y flujos de información, demuestra a los asombrados ciudadanos de la modernidad ­"hombres, mujeres y niños", para parafrasear a Castells­ que no son inmunes a la "marejada identitaria" y a su brazo armado, el fundamentalismo terrorista. De este modo, se ven obligados a compartir el miedo, que se transforma en lo único realmente universal.

La tensión entre la globalización y la llamada "marejada identitaria" plantea a la comunicación humana, sus sistemas y sus profesionales, profundos desafíos de todo tipo, pero sobre todo éticos, que tal vez aún no estemos en condiciones de aquilatar, en momentos el mundo se sienta ante las pantallas para ver el inicio de una guerra, mientras millones de pobres se desplazan de frontera en frontera transportados por la fuerza motriz de su miedo.

El tema de la ética de la comunicación se ha restringido en las últimas semanas a discutir si la CNN muestra a los consumidores de imágenes todo el material o que tiene o solo lo que le permiten mostrar. Recién en los últimos días, al iniciarse los bombardeos norteamericanos y británicos a Afganistán, el Instituto Internacional de la Prensa, que agrupa a más de mil periodistas y editores, presentó un reclamo formal por la restricción informativa a los medios por parte de la Coalisión. En cuanto al Gobierno Talibán, solo permite trabajar a una agencia informativa.

Pero en estas condiciones, esos cuestionamientos parecen pueriles. ¿Qué significa hoy el respeto por la confidencialidad de la fuente? ¿Qué es el dudoso apego a la verdad de los hechos? ¿Cuál verdad? ¿Cuáles hechos? ¿Dónde queda la trasnochada y pisoteada objetividad del periodista?

¡Qué ingenuos se ven esos temas, cuando se cuestiona a los complejos sistemas de comunicación universales su negligencia en promover el diálogo y la cultura de paz, su omisión en explicar y respetar las identidades de los grupos diferentes o su mañosa transformación en culturas "exóticas", sus sesgadas formas de procesar los conflictos, sus juegos fantasiosos con guerras de todo tipo en los productos audiovisuales de entretención!

¿En qué momento la comunicación globalizada olvidó reconocer que bajo su moderno barniz de cosmopolitismo estandarizado que ella diseminó por el mundo, se sofocaban valores tan diferentes, creencias tan radicalmente distintas, abismales miserias de muy ricos y muy pobres, odios y rabias milenarios -que ella misma se encargó de exacerbar-, los cuales clamaban a gritos una resignificación cultural en el registro de la paz?

Pero los sistemas de comunicación ­sus directivos y profesionales­ no estuvieron a la altura de los grandes desafíos. Al dejarse arrastrar sin ninguna resistencia por la avalancha del mercado, la comunicación globalizada cometió el capital pecado de eludir las responsabilidades culturales y políticas que su propio carácter global le demandaba: trabajar comunicacionalmente la interculturalidad, la paz, la tolerancia, la solidaridad. Y por ello, sufre la humillación diaria de tener que atentar una y otra vez contra la clásica ética periodística al torcer y ocultar la "verdad", bajo el ojo supervisor del poder político y militar, o no tener acceso al escenario (tristemente) privilegiado del conflicto.

A modo de consuelo, recordamos que desde hace muchos años en América Latina hemos estado realizando debates y experiencias en comunicaciones e interculturalidad, comunicación y estrategias para la construcción de una cultura de paz, comunicación y ciudadanía, comunicación y culturas urbanas. Y al mismo tiempo, se han hecho aportes sobre las nuevas tecnologías y la democratización de la información y el conocimiento. Estos debates han tenido bastante mayor densidad que la eterna discusión sobre la libertad de expresión e información, que son indispensables, pero que no bastan para dar cuenta de la enorme responsabilidad moral que tiene hoy día la comunicación en el mundo global. Pero por importancia que hayan tenido, no podemos negar que han sido solo eso: debates y experiencias.

Con todo, los latinoamericanos hemos sido capaces de reconocer a tiempo el rol constitutivo de los medios en los fenómenos más importantes de la sociedad actual, en lo político, en lo cultural, en lo económico y hasta en las relaciones familiares. Y también en la instalación del miedo universal en los corazones y las mentes. Por eso no es demasiado tarde. En estos momentos dolorosos para el planeta, el gran aporte que puede realizar la Región al resto del mundo es hacer lo que sabemos hacer bien: sentarnos a discutir ideas y experiencias nacidas de nuestros propios dolores sobre como construir una comunicación que aporte a la cultura de paz y a la erradicación del miedo.

*María Elena Hermosilla es Presidenta del Comité Ejecutivo Regional de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana

 


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